Baladas y Reflexiones

La carta

2017-06-02 14:47:47
La carta
Escúchalo todos los domingos a las 8 de la noche en 'Baladas y Reflexiones' (Foto:istockphoto.com)

Hola… Ayer sábado, un numerosísimo grupo de exalumnos de la Universidad Católica del Perú celebramos con orgullo y gratitud los cien años de nuestra Alma Mater. Como exalumno, me concedieron el privilegio de presidir la Eucaristía que dio inicio a esta jornada de camaradería, que alcanzó un número increíble de participantes, pues no todos los días se cumplen cien años.

En la Eucaristía, compartí dos experiencias vividas en el campus universitario. Recordé mis primeros años en el curso de Tecnología Educativa I y al maestro de maestros, Jorge Capella Riera con quien tuve un encuentro que marcó positivamente una parte importante de mi vida y que me gustaría compartir contigo: Recién ordenado sacerdote en el año 79, mi primer y único destino fue el Perú. Mi comunidad fue el Colegio San Agustín y como mi camino era la educación, me dijeron que debía estudiar pedagogía en la Católica.

Así que en el año 82 inicié mis estudios y uno de los primeros cursos que llevé fue Tecnología Educativa I, magistralmente dictado por el Dr. Jorge Capella Riera. Un día, al terminar la clase, sabiendo que era sacerdote y que había nacido en España me pidió conversar. Como ya me iba a retirar a mi comunidad y una hora más o menos no iba a afectar mi horario, le dije que podíamos conversar en ese momento. Recorrimos el camino desde las aulas de letras hacia su oficina, que era una construcción de madera muy bien diseñada, simple pero muy acogedora. Antes de llegar me preguntó cómo había sido destinado al Perú, cómo había llegado, cómo me había adaptado y le respondí que con la Gracia de Dios y con la ayuda de mis hermanos Agustinos, estaba viviendo una experiencia maravillosa. Él me dijo que era muy joven y le contesté que cuando fui ordenado en el año 79, era el sacerdote más joven del mundo. Al llegar a su oficina me preguntó por la comunicación con mis padres, y le respondí que ellos eran el mejor regalo que me había dado Dios. Luego me hizo una pregunta que me sorprendió, teniendo en cuenta que estábamos a inicios de los 80: ¿Cuántas cartas le envías a tus padres? le respondí que una al mes.

En ese momento, me dio la gran lección de mi vida. Me dijo que todos los días les escribiera en tres líneas lo que había hecho y lo que pensaba, y que cuando se llenara la hoja, la pusiera en un sobre y se la enviara a mis padres. Te seguiré contando…

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Gracias por llegar hasta aquí. Hasta la próxima semana. ¡Que Dios nos bendiga!

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